Okupas de la ‘casa de Dios’

-Una familia sin vivienda vive desde hace tres meses en un piso que el Obispado de Córdoba tenía cerrado.

-La pareja de jóvenes y sus dos hijas se vieron sin ingresos cuando estaban de alquiler y tuvieron que abandonar su piso por no poder pagarlo.

-“Pienso que un cura no me va a dejar en la calle”, explican sobre su decisión al entrar en el piso que encontraron con la puerta abierta.

-Ahora, integrados en el barrio y con unos ingresos de unos 600 euros, pagan la comunidad de vecinos y los suministros del piso y dicen estar dispuestos a abonar un alquiler social para quedarse.

Nazaret, junto a su pareja y sus dos hijas, han ocupado un piso que el Obispado de Córdoba tenía cerrado.

Nazaret, junto a su pareja y sus dos hijas, han ocupado un piso que el Obispado de Córdoba tenía cerrado.

Nazaret y Cristian son dos nombres propios ligados a la religión católica. Y como si de una premonición se tratara, esta joven pareja cordobesa ha dado con su vida en la “casa de Dios”. Con dos hijas de 5 y 8 años y los dos en paro, se vieron sin ingresos y tuvieron que abandonar el piso de alquiler en el que vivían. Sin un techo y en pleno invierno, decidieron meterse en una vivienda vacía, vivienda que pertenece al Obispado de Córdoba y estaba cerrada.

Desde que abandonaron su piso y después de pasar algunas noches “durmiendo en un sofá” en casa de unos familiares, la pareja estaba “desesperada” por su situación y no veían el modo de encontrar un lugar adecuado para vivir con sus hijas. Pero a finales de noviembre pasado, un ‘ángel de la guarda’ les comunicó la existencia del piso que el Obispado tenía sin ocupar, fueron a verlo, “nos lo encontramos con la puerta abierta y entramos”, asegura Nazaret.

Esta vivienda había sido gestionada por el anterior párroco del barrio que ejercía en la iglesia de la Virgen de Linares en el barrio de la Fuensanta y que la dejaba a personas necesitadas que no tuvieran un techo pero, a su muerte, las llaves pasaron al Obispado de Córdoba que mantenía el piso cerrado.

“A mí un cura no me va a dejar en la calle”, dice que pensó Nazaret cuando tomaron la decisión de entrar en el piso, aunque su marido no estaba del todo seguro: “Él pensaba que era menos seguro meterse en un piso del obispo que en uno de un banco”, cuenta.

Y a los pocos días de entrar, “el 4 de diciembre –recuerda Nazaret con precisión- vino un señor que no se identificó. Me dijo que si yo sabía que este piso era del obispo, me pidió el DNI y me dijo que yo había roto la cerradura para entrar”. Ahí, Nazaret encontró apoyo de una vecina que –cuenta que en ese momento- certificó que ella no había roto cerradura alguna y que la puerta estaba abierta cuando ella llegó al piso.

De aquel señor nunca más supo pero, a los pocos días, la visita llegó de parte de Cáritas. Una asistenta se interesó por el caso de esta familia: “Yo no vengo a echarte, vengo a ayudarte”, relata Nazaret que le dijo para abrirle una ficha de atención pero, también, le explicó que “iba a comunicar mi situación al Obispado”.

Y su situación, ahora, pasa por quedarse en esa vivienda. “Queremos quedarnos aquí”, señala sobre el barrio en el que sus hijas van al colegio y donde viven también familiares de la pareja. “No tenemos problemas con los vecinos, al revés”, explica sobre la ayuda que le han prestado y el entorno en el que esta familia se ha integrado.

Al corriente de pago con vecinos y suministros

Ahora, su situación económica ha mejorado algo. Cristian trabaja unas horas al día en una empresa de limpieza por la que cobra 420 euros al mes y Nazaret ha conseguido una ayuda de 201 euros. Con esos ingresos para toda la familia han querido demostrar su buena fe y se han puesto al corriente de pago del recibo de la comunidad de vecinos, además de abonar el recibo de la luz que cada mes llega al piso. “Hasta hemos pagado uno que se debía con retraso y que correspondía a antes de venirnos aquí a vivir”, argumenta.

“Hemos tenido que llegar a esto y yo lo volvería a hacer. Lo hago por mis hijas”, dice Nazaret sobre su situación mientras las niñas juegan en su habitación. “Yo sólo pido ayuda, no me niego a pagar un alquiler en base a lo poco que ingresamos”, cuenta mientras explica que ahora ella se hace cargo de ayudar a su abuela ya mayor, que sus padres pasan también por apuros económicos con un negocio embargado y que su suegra sólo tiene una pensión mínima.

De momento, la pareja vive el día a día en su nuevo hogar aún con enseres sin colocar en medio del salón. Las noticias que les llegan desde el Obispado a través de la asistente de Cáritas no vaticinan que quieran echarlos de momento. Y a esa fe –no se sabe si cristiana- se agarran para pensar en que el obispo querrá ayudar al prójimo y dejarles criar a sus hijas bajo este techo.

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