La fosa común del Mediterráneo

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Llegamos a conocer muchos detalles de la vida privada del piloto de Lufthansa. Llegamos a conocer los nombres y apellidos, las caras, los estudios, las circunstancias profesionales y familiares de muchas de sus víctimas. Excepto las personas vinculadas con todos ellos, la mayoría ya los hemos olvidado, pero durante varios días ocuparon nuestras portadas, nuestras pantallas, nuestro corazón. Es comprensible: 150 víctimas es una enorme tragedia y se impuso su actualidad.

Esta semana se han ahogado 700 inmigrantes en aguas del Mediterráneo. Venían hacinados en un pesquero de 30 metros de eslora. Entre ellos había bebés, niños y adolescentes, qué demagoga es la realidad. Al entrar en pánico, tendieron a pegarse unos a otros, como hacemos todos los animales cuando buscamos protección, y desde ese lado de la desesperación volcaron su ataúd flotante. De esas 700 personas no hemos visto ni una cara, y de las 28 que han podido ser rescatadas apenas hemos vislumbrado a una mujer con un bebé en los brazos, que era conducida por un agente a algún lugar incierto, para ella y para nosotros. Una mujer y un bebé negros. Un agente con mascarilla. La realidad es jodidamente demagoga.

Los 700 ahogados en ese naufragio se sumaron a los 450 de pocos días antes. En 2014, 3.224 hombres, mujeres y niños perdieron la vida en el Mediterráneo. En lo que va de 2015, 1.650. Todos trataban de llegar a ninguna parte. Es decir, a Europa. Porque Europa no los esperaba, nada de lo que tiene es para ellos. Tampoco solidaridad con quienes huían del hambre, de la miseria, de la persecución política, de la guerra civil, de la homofobia. ¿Cuántas de esas mujeres ahogadas no serían lesbianas cuya vida corría grave peligro y ni siquiera dispusieron de los medios para coger un avión y pedir asilo humanitario, como la camerunesa Christelle Nganhnou? Para que se engancharan los ahogados Europa solo tenía vallas con vistas a campos de golf. Maldita demagogia, la de la realidad.

No nos llegan sus nombres ni sus caras, pero cada una de esas 700, 450, 3.224 personas tenía un nombre, una cara, una familia, un lugar de origen. ¿Dejaron atrás un padre, una madre? ¿Eran huérfanos porque los habían asesinado? ¿Murieron porque no había medicación? ¿O aún los esperan? ¿Dónde? ¿En una ciudad destartalada, en un barrio remoto, en una aldea arrasada? ¿Tenían hermanos, hermanas, hijos, hijas, sobrinos, sobrinas, abuelos, abuelas, tíos, tías? ¿Tenían amigos, amigas? ¿Estudiaron alguna vez en una escuela modesta; bajo la tutela de quién? ¿Llegaron a la universidad? ¿Tuvieron un oficio? ¿Poseían algo: una casa, una tierra minúscula, enseres personales, recuerdos abandonados? ¿Fueron felices alguna vez? ¿Se enamoraron? ¿Se casaron? ¿Bailaron? Pero ¿cuál era su nombre? ¿Quiénes eran?

No lo sabemos porque eran subsaharianos. Negros. Hombres negros, mujeres negras, adolescentes negros, niños negros, bebés negros. Ahogados negros. Como los negros que sufren racismo en España, un 25% más este año, según SOS Racismo. El mayor delito de odio después del sufrido por orientación sexual. Si eres negra y lesbiana, vas a parar a la principal estadística. Si eres negra y lesbiana y huyes en un barco de 30 metros de eslora que no puede con el peso aterrado de otros cientos más, vas a parar a la fosa común del Mediterráneo. Ni siquiera sabremos que acaso te llamabas Christelle.

Estos 700 últimos ahogados son víctimas de terrorismo. El terrorismo europeo que anuló el programa Mare Nostrum porque era caro y acogía a los que huían de otros terrores. Se puede pensar en esas víctimas como un problema para Europa, que no sabría qué hacer con ellos; como un activo político para la ultraderecha, que los utiliza para aterrorizar a los europeos, a los blancos; como un negocio entre la UE y los países que pueden contener su flujo; como una cifra disuasoria; como falaz cooperación. Pero eran personas con un nombre y una cara. Víctimas del terror de los estados, de los gobiernos, de las mafias, de los esclavistas, de la economía. Tomados uno a uno, una a una, esas víctimas eran vida. Cada una de ellas, una vida particular, con sus aspiraciones, sus intereses y hasta sus sueños. Probablemente, un único sueño: sobrevivir. Por eso subieron a ese barco. Con su bebé en los brazos, con un niño cogido de la mano. Con su terror a cuestas, con su muerte.

¿Europa va a consentir ese terrorismo solo porque sus víctimas no tienen un nombre ni una cara? ¿Europa va a seguir mirando hacia otro lado, apoyando a las multinacionales que esquilman África y provocan el éxodo, apoyando a sus sátrapas, provocando luchas intestinas? ¿Cuando Europa se refiere a los derechos humanos a qué humanos se refiere? ¿Los subsaharianos tienen derechos? ¿Son humanos? Acaso si conociéramos sus nombres, sus caras, sus circunstancias familiares, profesionales; si las portadas y las pantallas se llenaran, apenas unos días, con su foto y su historia; si viéramos lamentarse a sus padres, a sus hijos, a sus hermanos, a sus amigos, tomaríamos conciencia de que eran individuos, vidas como la nuestra pero con un destino excedente. A través de sus datos personales tomaríamos conciencia de que han sido víctimas también de un piloto homicida. Y de que sus cuerpos han sido arrojados a la fosa común del Mediterráneo, qué demagógico es el crimen.

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