Venezuela, ETA, corralito, leyes mordaza: armas de destrucción masiva contra los derechos del pueblo

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i votas a los amigos de ETA tendremos corralito y acabaremos peor que en Venezuela. Con esta frase podríamos resumir a la perfección la estrategia de la prensa española para boicotear, vía imposición del miedo, cualquier intento por subvertir el orden político establecido, votando a partidos que no representen los intereses del IBEX35 y/o se atrevan, por tenue que sea, a desafiar cualquiera de los tres pilares fundamentales que sustentan en la actualidad al régimen del 78: el modelo económico neoliberal, la corona, la imposición autoritaria en el debate “nacional-territorial”.

Las principales armas de destrucción masiva en la guerra de cuarta generación contra los ciudadanos del estado español y sus derechos son: Venezuela, ETA, corralito. Si alguien es capaz de conjugar las tres en una misma frase y, además, asociar dicha frase a cualquier actor político que pretenda actuar, aunque sea tibiamente, contra el modelo establecido, su éxito entre los tertulianos que salen hasta tres y cuatro veces al día en diferentes programas de diferentes cadenas de radio y televisión, está garantizado. No obstante, usándolas por separado en el mismo sentido y con exactamente la misma finalidad, también sirve.

La uniformidad y el pensamiento único que se esconde tras el control absoluto de los poderes financieros sobre los principales medios de comunicación españoles en prensa, radio y televisión, adquiere plena visibilidad mediante la conjugación de cualquiera de las palabras dichas, en una misma frase, con cualquier intento por resistir contra las imposiciones políticas y económicas del PPSOE y sus amos. En el día en que se pone en marcha el funcionamiento de la franquista triada de leyes mordazas, son tales palabras y frases las que atemorizan a la población, no otras como “multas”, “represión”, “ataques a la libertad de expresión e información”, “vulneración de derechos fundamentales”, “juicios políticos”, y otras del estilo que son el pan de cada día en el estado español, y que ahora han adquirido un fundamento legal que dota al estado de toda capacidad procedimental para usarlas contra el pueblo que no calle.

Vivimos en un permanente estado de shock en el cual la disociación mental es el resultado natural del estado cotidiano de las cosas, en un importante porcentaje de la población. Las comunicaciones monologales impuestas unilateralmente por los medios, a medida que se repiten, tal y como afirma el investigador Miguel Rojas en su obra “El imaginario: civilización y cultura del siglo XXI”,  se vuelven parte del conocimiento práctico y terminan por convertirse en el llamado “sentido común”. Es en elsentido común donde se instala la ignava ratio platónica, la razón perezosa, el “argumento que lleva a la inercia”. El sentido común de nuestros días, políticamente hablando, está empedrado de imágenes dogmáticas, que son las que afirman como verdad un hecho establecido histórica, política, litúrgica o culturalmente, pero que es discutible en esencia aunque los medios lo conviertan en indiscutible de facto. Son, para lo que llamamos la opinión pública, la base de la credibilidad y el “buen comportamiento”. Ir contra tales imágenes expulsa automáticamente a los márgenes del sistema a quien así ose hacerlo.

Esto es, el sistema dominante trata de expulsar a los antagonismos sociales contra-sistémicos(capacitados por sí mismos para abrir grietas transformadoras en el normal funcionamiento del sistema establecido) fuera de la realidad social, determinando lo que es posible defender sin ir “contra los intereses de la mayoría”, marcando así, mediante el miedo organizado y estructurado como sistema de creencias mayoritarias, los límites de dicho sistema en relación a tales antagonismos. No obstante, esos antagonismos, vinculados a las relaciones de poder realmente existentes en esa sociedad determinada, permanecen siempre activos y sirviendo de base para las luchas sociales y políticas contra el sistema y sus discursos hegemónicos y dominantes. En función de la capacidad de resistencia que tenga el sistema frente a tales desafíos, es decir, su capacidad para anular el conflicto y mandar a los antagonismos fuera sus márgenes permisibles, la estabilidad de dicho sistema, político y económico, pero también ideológico, será más o menos pronunciada, se verá más o menos desafiada: será más o menos posible la aparición concreta de cambios reales en el sistema establecido. Por eso el miedo es un arma tan poderosa. Paraliza la capacidad crítica de las personas y configura una realidad unidimensional en la cual la invocación de determinados demonios (Venezuela, ETA, corralito, etc.) se convierte de manera automática en un cierre categorial del propio sistema, ratificando el orden establecido y expulsando a los márgenes del mismo a todo aquello que pueda desafiarlo. Es así como se garantiza y se asegura que cada sujeto de la sociedad esté predispuesto a respetar las normas políticas establecidas, y, en consecuencia, a no ir contra el orden establecido, a someterse, ya desde su propia individualidad, a un estricto control social garante del status quo. Es el “policía interior” del que se hablaba en el Mayo de 1968.

Un policía que, en última instancia, debe ser el vivo reflejo de un niño permanentemente asustado ante una autoridad paterna que actúa violentamente, expresada en forma de amenazas y golpes, un niño que, en consecuencia, acaba por someterse voluntariamente a una humillación diaria frente a la autoridad del padre y, sobre todo, ante su incapacidad para poder vencer el miedo que el padre, el papá-estado, le impone. Las amenazas que lanzan los medios (alentando sus fantasmas interiores previamente creados por ellos mismos) y los golpes que, cuando tales amenazas no son suficientes, el estado acomete contra su cuerpo (en forma de multas, represión, encarcelamientos políticos, leyes mordazas y otros elementos del estilo), lo someten al orden establecido, convirtiéndolo en un ciudadano “apto” para tragar con cualquier cosa que le venga impuesta por dicho estado, por mala que sea para sus intereses reales.

Para qué luchar contra corriente por algo tan complicado como cambiar un sistema político y social injusto, aunque se sea consciente de su injusticia, cuando puedo luchar a favor de corriente por abrirme un hueco en él y adaptarme a sus bonanzas y “privilegios”. Todo ello porque debemos suponer que vivimos, según la doctrina oficial, en el mejor de los mundos posibles. Sólo la imaginación puede colocar barreras a las extraordinarias cotas de libertad que, al parecer, disfrutamos. Y si usted piensa, aunque solo fuese por un instante, lo contrario: una buena dosis de Venezuela, ETA, corralito, y ya está usted acojonado. Y si eso también falla, porque usted ya no les cree cuando hablan: palos, multas, represión, castigo. Y Todo arreglado. El niño rebelde no tiene cabida en este mundo ideal.

El ser humano que aspira a ser el autor de su propia vida y el creador de una identidad individual propia y autónoma, no se ha convertido en el protagonista de nuestro tiempo, a diferencia de lo que algunos autores liberales, como U. Beck, pretenden hacernos creer. Tampoco es verdad que, como defiende el mismo Beck, cualquier intento por dar sentido a la cohesión social deba comenzar por el reconocimiento de que el individualismo, la diversidad y el escepticismo se han introducido con fuerza en la cultura occidental. Es justo al contrario. El individualismo es una consecuencia directa de las exigencias de sentido propias del capitalismo, la diversidad no es una diversidad real y no existe ninguna cosa semejante a una “sociedad de la diferencia”, y el escepticismo es tan solo un escepticismo limitado a las cuestiones no fundamentales. No se puede ser escéptico ni con la importancia de la propiedad privada como derecho fundamental, ni con el valor social del dinero como fuente de valor social, ni con la conveniencia o no del consumo como motor de la economía, ni, en general, con el modo de producción capitalista como fundamento central del orden social. Si lo eres caerás en la anti-identidad, en el desafío cultural abierto, en los márgenes de los “enemigos de la sociedad”, en los antagonismos sociales que el sistema no puede tolerar dentro de su discurso. Siquiera se puede dudar sobre si el neoliberalismo y sus doctrinas son, o no, la única salida posible a la crisis: lo son y punto. Y si por algún momento piensa lo contrario: Venezuela, ETA, corralito. Y palos, muchos palos. Criminalización, represión, cargas policiales, leyes mordazas, encarcelamientos, juicios políticos. Por listo.

Como dice un articulista en Libertad Digital, después de llamarnos escoria social a quienes osamos desafiar lo anterior, una dosis saludable de miedo puede ser el mejor antídoto para combatir la amenaza truculenta que se cierne sobre todos los no nos sumamos a la cruzada del caos. Para ellos, claro, sí hay plena libertad de expresión. Más que nada porque, aunque no todos se atrevan a decirlo tan a las claras, esa es la expresión de la “libertad” del sistema: los que quieren desafiar al régimen del 78, y ya no digamos al capitalismo, son escoria social y frente a ellos solo cabe una salida: azuzar el miedo para que su hediondo pensamiento no pueda contagiarse a la mayoría social. Y si eso no es suficiente: leyes mordazas, cargas policiales, juicios políticos y encarcelamientos preventivos.

Por Venezuela, ETA y el corralito. Ya puede usted, por orden de su policía interno, por el temor a la autoridad tiránica de papá-estado, seguir construyendo su paz social sobre la tumba de sus derechos.

 

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