Los refugiados de los que el Gobierno no habla

  • Con el foco centrado en el cierre de la frontera entre Hungría y Serbia, el Gobierno trata de ignorar que tiene una situación similar en su propia puerta
  • Son los olvidados de esta crisis humanitaria, los que España no cita aunque los tenga cerca: los refugiados bloqueados a las puertas de Melilla
  • Y a las puertas de Europa: cuando llegan a la ciudad autónoma suelen permanecer durante meses atrapados en Melilla, que no pertenece al espacio Schengen
Una famlia de refugiados sirios reposan en un parque de la ciudad marroquí de Nador a la espera de lograr cruzar la frontera de España y Marruecos/ Foto: Pedro Armestre - Save the Children

Una famlia de refugiados sirios reposan en un parque de la ciudad marroquí de Nador a la espera de lograr cruzar la frontera de España y Marruecos/ Foto: Pedro Armestre – Save the Children

Mientras en las reuniones europeas unos regatean las cifras y otros se jactan de aceptarlas, Ahmed mira la televisión en Marruecos y presiente que todo va a seguir igual. “Dicen que van a cerrar las puertas de Europa. ¿Es cierto?”. Ha visto las nuevas noticias de Austria, de Alemania, pero para ellos las puertas nunca han estado abiertas. Son los olvidados de esta crisis humanitaria, los que España no cita aunque los tenga cerca.

Con el foco centrado en el cierre de la frontera entre Hungría y Serbia, el Gobierno trata de ignorar que tiene una situación similar en su propia puerta, la de Melilla, que gracias al previo control marroquí, mantiene cerrada para los refugiados. Ante esta situación, varias ONG como  CEAR y Save The Children han pedido al Ejecutivo la emisión de visados humanitarios a los cientos de refugiados sirios que cada día intentan burlar a la policía alauí para pedir asilo en Europa.

Alemania y Austria han suspendido temporalmente los acuerdos europeos de Schengen, que garantizan la libre circulación de personas, por lo que la entrada en estos países sólo podría hacerse con la documentación reglamentaria. En Melilla, sin embargo, desde 2010 para los inmigrantes y refugiados la ciudad autónoma no es Europa. No pueden partir con libertad hacia la Península pues estos territorios no pertenecen al espacio Schengen. Deben esperar a la emisión de un visado humanitario, que se retrasa o se acelera en virtud de criterios desconocidos hasta el momento, como comprobó el comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa.

Los refugiados de los que el Gobierno no habla son los bloqueados a las puertas de Melilla, pero también los que aun logrando traspasarlas, se encuentran atrapados durante meses en una ciudad donde no tienen oportunidades de futuro.

Son las familias divididas, las que están cerca pero separadas por unos metros, por una valla. Familias distanciadas por un sí, que en realidad es un no: España creó una oficina de asilo en su frontera para que los refugiados puedan pedir asilo de forma legal, sin saltar una alambrada, sin comprar un pasaporte falso, sin enriquecer a traficantes. Pero no. Marruecos tiene la llave de su frontera, y la tiene echada.

Son Hassan y su hijo. Están en Melilla, pero con la cabeza en Marruecos. Allí, a 200 metros del puesto fronterizo marroquí están su mujer, Fátima, y su hija, Asha. Cada día se visten con ropas marroquíes para hacerse pasar por residentes de Marruecos con permiso de transeúnte en Melilla. Desde primera hora de la mañana se plantan en el puesto fronterizo de Beni Enzar y comienzan su tarea. Pero no. La Policía alauí se da cuenta de que son esos sirios que intentan colarse día sí y otro también. Decenas de familias se encuentran, como ellos, separadas por culpa al bloqueo realizado por Marruecos y España a los ciudadanos sirios.

Es Ghada, una adolescente de 15 años con cara de avispada pero mirada triste. Está en Melila pero sus hermanos pequeños, de 10 y 8 años, se quedaron en Marruecos con un familiar. Ella logró pasar con su madre y otro de sus hermanos, Mohamed (nombre ficticio), pero ellos se quedaron atrás. “Quiero estar con ellos. Le quiero pedir al Gobierno de España que abra la frontera para los sirios”, dice con una voz dulce. Mohamed resume sus deseos en otra frase: “Quiero vivir en paz, pero con mis hermanos. Quiero estudiar Medicina y volver a Siria cuando acabe la guerra. En Melilla no puedo hacerlo”.

Ghada junto a su madre Maha y su tía.

Ghada junto a su madre Maha y su tía.

Es Ahmed, un joven sirio de ojos azules y pelo rubio. Sus compañeros de viaje le llaman “el alemán” entre risas en una cafetería marroquí cercana a la frontera que aspira a cruzar algún día. El sonríe y bromea, pero sabe que su apariencia le perjudica. “La policía de Marruecos se ha quedado con mi cara. Es fácil recordarme”, lamenta agobiado desde el otro lado de la frontera. “Hay un hombre por aquí que conoce a los guardias y me dice que si no les doy dinero para que les paguen, yo no entro”, reconoce preocupado. “No tengo dinero, y sin dinero es imposible”.

Este martes han vuelto a agolparse en la frontera para intentar alcanzar Melilla. “Los agentes han tirado el móvil de un amigo al suelo porque estaba haciendo fotos”, explica el joven. Marruecos no quiere que se les vea, y España actúa como si no estuvieran. eldiario.es ha preguntado en repetidas ocasiones al Ministerio del Interior sobre el bloqueo de cientos de refugiados sirios a las puertas de la ciudad española pero no ha recibido respuesta.

Son los menores refugiados solos.

Es Ali (nombre ficticio). Y sus “tres peores días de su vida”. Los que estuvo en Marruecos tratando de cruzar. Él fue afortunado, solo empleó unos días en lo que para otros se ha convertido en una auténtica odisea de meses. Pero lo recuerda con horror. “Todo el rato sientes como si hicieses algo mal. Te miran, te señalan, te hablan mal. Sentía que no me podía fiar de nadie… Reconozco que, aunque a menor escala, ahora también me pasa”, dice el joven que prefiere ocultar su nombre por miedo a represalias contra su familia.

Viajó de Siria a Turquía. De Turquía, a Argelia, donde permaneció durante cerca de dos años junto a su familia. Acabó sus estudios, pero allí no se podía quedar. “Quiero estudiar ingeniería y en Argelia debía pagar cerca de 6.000 euros”, afirma el joven sirio. Viene para crecer.

Varios refugiados sirios cocinan frente al CETI de Melilla. | Gabriela Sánchez.

Varios refugiados sirios cocinan frente al CETI de Melilla. | Gabriela Sánchez.

“Era la primera vez que viajaba solo y estaba asustado”, reconoce Ali con timidez. Cada una de las palabras que formula parecen pensadas y repensadas para evitar hablar de más. Habla con miedo, su desconfianza le acompaña. Ahora está esperando en Melilla los resultados de las pruebas de la edad. Su pasaporte dice que es menor, pero él asegura que no lo es, que ya tiene 18, que hubo un error en su registro en Siria.

Los traslados desde Melilla a la Península de los refugiados menores no acompañados se retrasan hasta su mayoría de edad. Hasta entonces, los servicios sociales de la ciudad autónoma se encargan de su tutela. Ali vive en el centro de menores de La Purísima. “El ambiente no es bueno, no estoy cómodo. Hay muchos niños marroquíes con problemas y delincuencia”, dice este refugiado.

La exclusión social que padecen muchos menores no acompañados marroquíes en Melilla aboca a algunos a las drogas y al alcohol, lo que deriva en las situaciones de conflictividad a las que se refiere el sirio. Lleva dos meses en la ciudad autónoma pero quiere continuar su viaje. No quiere esperar más. “Quiero conocer España, tengo muchas ganas”, cuenta a eldiario.es en su camino al centro. “Pero no me quiero quedar allí”, corre a aclarar. Su destino, el de casi todos: Alemania.

Samir camina por las calles de Melilla/ G. S.

Samir camina por las calles de Melilla/ G. S.

El Gobierno tampoco habla de Samir. Un joven menudo de 18 años recién cumplidos. Lleva 11 largos meses en Melilla, y está cansado. “¿El resto de España es igual que esto?”, pregunta. Yo no quiero ir a España, no. Estoy harto de España”, repite una y otra vez con una sonrisa pilla constante. Preguntar por el lugar que desea alcanzar a veces resulta ridículo. Sí, Alemania.

Desde allí quiere enviar dinero a su familia, que continúa en Siria. Se fue solo porque no quería acabar como las personas que aparece en las fotos que guarda su teléfono móvil. Nos enseña a sus hermanos, vestidos de militares, portando kalashnicovs. “Yo no quiero luchar. Tenía casi 18 años… Me iban a obligar a ir a la guerra. Yo solo quiero vivir en paz”.

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